Las visten, las pasean y tienen sexo con ellas: tres japoneses muestran su peculiar vida de pareja

En un país en el que la aversión al contacto físico forma parte de su identidad cultural, estas ‘rabu doru’ (muñecas del amor) constituyen una vía alternativa a las relaciones interpersonales.

Solteros, casados y viudos japoneses compran muñecas de tamaño natural en Japón desde 1981. Actualmente se venden unas 2.000 unidades al año.

Masayuki Ozaki, fisioterapeuta de 45 años, adquirió una de estas ‘rabu doru’ tras separarse de su mujer. Una decisión que le ha llevado a disfrutar miles de momentos con la que dice que es la mujer de su vida.

Una muñeca como Mayu, a la que Masayuki Ozaki regala joyas o compra ropa, cuesta 5.300 euros.

Ozaki descubrió este fenómeno a través de un revista especializada que cayó en sus manos. Conoció a Mayu en una exposición de muñecas de silicona.


Sean cuales sean mis problemas, Mayu siempre está aquí. La quiero con locura y sueño con llevarla al paraíso”, afirma Ozaki. Con ella mantiene una estrecha relación que fue difícil de aceptar por su familia en un principio. ”Cuando mi hija entendió que no era una muñeca Barbie gigante, pensó que era asqueroso, pero ahora ya es suficientemente mayor. Incluso comparte ropa con Mayu”, explica este fisioterapeuta.


”Para mí ella es humana”, asegura Senji Nakajima. Este empresario de 62 años, casado y con dos hijos, convive con Saori, su compañera de silicona. Pese a tener esposa e hijos, Nakajima asegura que Saori es quien verdaderamente le hace feliz.

Este empresario confiesa que su corazón le late ”a mil por hora” cuando vuelve a casa con ella.

El trato que tiene Senji Nakajima con su ‘nabu doru’ va más allá de la afinidad y el cariño. Este sexagenario no duda en reconocer que ”no la engañaría jamás con nadie”.

Estas muñecas han evolucionado en la búsqueda de la satisfacción plena del comprador.

El vinilo y el látex dieron paso en 2001 a la silicona. Las piezas fijas se convirtieron en cabezas y vaginas intercambiables.

Hideo Tsuchiya, el director de una de las principales empresas fabricantes, Orient Industry, concibe el desarrollo de la tecnología como el factor principal que ha posibilitado grandes progresos dentro de este ámbito. A su parecer, ahora tienen un aspecto más auténtico, muy próximo al que ofrece la piel humana.

Para Yoshitaka Hyodo, bloguero de 43 años y con novia, la compañía de las ‘rabo doru’ le aporta más seguridad en sí mismo. Las más de 10 muñecas que posee le sirven para desahogarse emocionalmente.

En la compleja misión de dotar de alma a estos seres inanimados, los propietarios tratan a estas réplicas como a otros humanos. Las visten, pasean y aman como si de otra persona se tratase.


”Esta actitud está principalmente influida por un sistema tan individualista como el que predomina en el archipiélago nipón, aunque no conviene generalizar”, detalla el psicólogo y presidente de la asociación Mentes Abiertas Ignacio Calvo.


Si algo tienen en común todos los que se han unido a este universo de las ‘muñecas del amor’, es que para ellos no son un mero objeto sexual. Son compañeras con quien compartir la vida.