¡Hola de nuevo Cocolievers!

Una vez que has elegido tus pequeños cambios de hábitos (¿no les recuerda esta frase a la película híperdominguera protagonizada por Whoopie Goldberg que pasaban cada fin de semana en canal 5? ¿Cambio de hábito? ¿No? #Grandmaalert) y haberlos implementado, mi recomendación es que te detengas a analizar exactamente tu estado físico y emocional.

En algunas ocasiones son nuestras emociones las que designan cómo nos sentimos físicamente y esto puede tener relación con situaciones sociales como problemas en el trabajo, con la pareja o familiares. Estar viviendo una situación complicada también tiene afectaciones en nuestro cuerpo y puede llegar a confundir nuestras necesidades.

Por ejemplo, si estás pasando por una ruptura sentimental dolorosa, es probable que pases por distintas etapas: hoy te sientes horrible, mañana decidido a ponerte morphosabroso, pasado mañana te “empacas” un litro de helado, el fin de semana te super revientas en la fiesta, el domingo por la noche lloras viendo He’s not that into you, no comes nada y el lunes te sientes hecho un desastre.

En ese caso, cualquier modificación a tu rutina diaria puede ser no muy acertada, pues no te encuentras estable y en estado natural, sino que has sido invadido por sube y bajas hormonales, principalmente de cortisol o la “hormona del estrés”.

El cortisol se eleva en caso de estrés o de excesiva actividad física y de mala alimentación de su nivel normal que es de aproximadamente de 10 μg/dl hasta 80 μg/dl o, incluso, 180 μg/dl en casos extremos.

Esta hormona ayuda a nuestro sistema a concentrarse mejor para la toma de decisiones en caso de crisis, pues envía glucosa de manera rápida al cerebro; asimismo, aumenta nuestra resistencia cuando estamos haciendo una rutina de ejercicios que requiere tirar un poco más de nuestras capacidades, incrementando nuestra fuerza, y en caso de hambre, obliga al sistema a buscar alimento.

La presión arterial alta incrementa el envío de grandes cantidades de glucosa al cerebro, lo cual es un efecto del cortisol, lo que, a su vez, provoca una ráfaga de energía y una especie de “shock de adrenalina”. Todo esto es una carga para el organismo, “un golpe”.

Sin embargo, como todo en esta vida, el exceso es contraproducente, ya que mantener altos niveles de cortisol destruye el tejido muscular por la necesidad del organismo de consumir aminoácidos y glucosa.

El estrés constante está relacionado con alta irritabilidad y con el deterioro del metabolismo, especialistas aseguran que aumenta la probabilidad de la acumulación de grasa en ciertas zonas e incluso obesidad.

Así que, tómate unos momentos para entender en qué situación te encuentras y qué es lo que realmente te está haciendo falta. ¿Es mejor descanso? ¿Incluir más verduras en tu dieta diaria? ¿Incrementar tu actividad física? Y esto, ¿para qué? ¿Para bajar de peso? ¿Tonificar tus músculos? ¿Tener más energía? ¿Tener mejor humor? ¿Tener una actividad física constante? ¿Liberar estrés? ¿Mejorar el tono de tu piel?

Entrar en un ritmo de dieta y ejercicio estricto sin saber exactamente por qué lo estás haciendo, puede que pierda su fuerza a los pocos días de haberlo iniciado pues falta una motivación que te empuje cada día hacia el logro de tus objetivos.

Pero si eres consciente de lo que necesitas, puedes iniciar paso por paso sin sentirte abrumado o desmotivado al poco rato, ya que estarás experimentando beneficios y mejoras en los puntos que a ti te interesan.

No hay nada como notar que estamos haciendo algo bien para inspirarnos a continuar. Así como en la primera parte de esta Guía Práctica, suma en baby steps los cambios que sabes que necesitas hasta que sean parte regular de tu vida diaria.

Y aunque falles de pronto, no te rindas. Una vez que sabes qué necesitas, te será más natural continuar.

Espera esta semana la tercera parte de esta Guía Práctica, y recuerda que puedes hacerme tus comentarios en mi Twitter @Amarantalks.

¡Gracias por acompañarme, no leemos pronto!

XOXO

A.