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iempre ha sido el mismo problema con las mujeres, sin embargo, desde la irrupción de las famosas blogueras de moda, la cosa se ha agravado… llega el festejo (llámese boda, graduación, cena de gala) y juran por todos los santos descubiertos y por descubrir, que no tienen nada que ponerse.

¿Y qué pasa cuando entras a su closet? Ahí los ves. Uno formadito tras el otro. Con sus colas o sus lentejuelitas o sus tules; sitiados en el abismo polvoriento del olvido. Cinco, seis, veinte vestidos que sólo han sido utilizados una vez. Y la dueña de esos vestidos se acongoja y dice: “es que mi círculo de amistades es el mismo y ya me los vieron puestos”. Como si en realidad los hombres, que son para los que supuestamente nos ponemos guapas, se fijaran en esas bagatelas. Apuesto mi reino pollero a que si una mujer guapa repitiera el mismo vestido en todas las bodas, los hombres no se darían cuenta. Pero no. La verdad es que las mujeres no nos esmeramos en nuestro arreglo para agradarle al sexo opuesto. Más bien es una suerte de competencia insana con las demás mujeres.

¡Esas sí que se fijan si repites vestido! Se fijan y hacen un escaneo. Se fijan, hacen un escaneo y siempre encontrarán un detalle para descalificar a la otra. Por eso, antes de pensar en casarse, los hombres deben de tener en cuenta que el arreglo femenino sale caro. Más ahora, en la era de las blogueras: que van por el mundo, y por las bodas y por los restaurantes, presumiendo trapos carísimos como si el salario paupérrimo de la mayoría de las mexicanas alcanzara para esos fines. ¡Si no alcanza a veces ni para tragar, oiga! Es lo malo de vivir dentro de esas redes donde la frivolidad se casa con el más alto grado de falta de sentido común. Ahí dentro, en Instagram ante todo, no existe el “no tengo que ponerme”.

De ser así, estás muerta, o como dijera el clásico: una bloguera pobre es una pobre bloguera. Y aunque esas chicas, que generalmente tienen dos dedos de frente, les digan a sus followers que para vestir a la moda no se necesita mucho dinero, eso es completamente falso. Más falso que sus senos y sus cejas falsas. La moda por eso se llama moda, porque pasa. Caduca más rápido que un bote de crema que se deja a la intemperie. Cuando una mujer dice “no tengo qué ponerme” debes creerle, a pesar de ser testigo de que su closet está reventar. El no tener que ponerse significa que los trapos que uno ve ahí, sitiados en el closet, pueden servir, sí, pero como complemento o como futuros trapos de cocina.

Este fenómeno se agudiza en ciertos sectores sociales, en la casi extinta clase media, por ejemplo. Una mujer de clase media que tiene acceso a las redes sociales y sigue a las famosas blogueras de moda, anhela poder llevar ese tren de vida maravilloso, pero sumamente entrampado. Y digo que es tramposo porque en la mayoría de los casos, esas mujeres no compran los vestidos ni las bolsas que presumen, más bien tienen convenios con las marcas para ser, literalmente, anuncios ambulantes.

Las blogueras de moda son modelos frustradas que ni tienen la altura ni la belleza ni las relaciones de las modelos reales. Usan sus cuentas de Instagram para atraer compradores de las marcas que utilizan, y que a su vez, las utilizan a ellas. Por eso digo que ser bloguera de moda es lo más parecido a ser porrista, es decir, las porristas intentaron ser bailarinas de ballet, pero les faltó gracia, e intentaron ser gimnastas, pero les faltó fuerza y disciplina. Así las blogueras de moda: no son top models porque les faltó gracias, ni son diseñadoras de ropa porque les faltó talento.